lunes, 17 de marzo de 2014

La Ley del Juego no tiene quien la aplique: De mal en peor

¡Rey don Sancho, rey don Sancho!,   no digas que no te aviso,
que de dentro de Zamora    un alevoso ha salido;
llámase Vellido Dolfos,    hijo de Dolfos Vellido,
cuatro traiciones ha hecho,    y con esta serán cinco.
Si gran traidor fue el padre,    mayor traidor es el hijo.
Gritos dan en el real:    —¡A don Sancho han mal herido!
Muerto le ha Vellido Dolfos,    ¡gran traición ha cometido!
Desque le tuviera muerto,    metiose por un postigo,
por las calles de Zamora    va dando voces y gritos:
—Tiempo era, doña Urraca,    de cumplir lo prometido.

No os habéis equivocado de blog, pero es que desde el momento en que decidí escribir este artículo sobre el nuevo (ya tiene casi un año, pero muy poco uso) Director General de Ordenación del Juego, no han dejado de rondar por mi cabeza estos célebres versos del romancero sobre el Cerco de Zamora.

Y es que Carlos Hernández (o Carlitos, si lo preferís), puede considerarse el “hijo administrativo” de Enrique Alejo, que huyó como alma que lleva el diablo dejando vacante el cargo de Director General durante semanas. Y no para irse a una misión humanitaria o a para desempeñar una labor trascendente, sino para ocupar otra “poltrona” en RTVE. Inmerecida recompensa tras un año sin hacer nada relevante.

Durante esas semanas se rumoreó que el cargo había sido ofrecido a profesionales de reconocido prestigio, siendo rechazado por todos ellos. Finalmente el Subdirector General de Regulación del Juego asumió dicho puesto.

No es que yo esté en contra de la noble práctica de la promoción interna en la Administración, pero cuando se trata de un órgano administrativo manifiestamente ineficaz, este sistema de “sucesión”, hace que los vicios adquiridos se perpetúen en el tiempo.

Carlitos podía haber hecho las cosas bien o como siempre, y por lo visto ha decidido continuar dejando completamente de lado los intereses y la protección de los apostantes españoles, limitándose a elaborar informes, carentes de sentido y utilidad, que no reflejan ni afrontan los auténticos problemas de un sector.
Incapaz, junto a su antecesor, de tomar a lo largo de dos años ninguna medida para que apostar en España sea realmente (y no teóricamente) más seguro.

Quizás por pereza, quizás por ineptitud, quizás por haberse dejado seducir por cantos de sirenas gibraltareñas,..., las acciones encaminadas a proteger a los jugadores han brillado por su ausencia.
Y es que el empeño que pone nuestro Regulador en favorecer a las casas de apuestas (por acción u omisión), no resulta fácil de explicar, y, desde luego, es digno de mejor causa.

Parecía difícil superar el grado de cinismo e indiferencia del anterior Director General, que tuvo la desfachatez de escribir un mensaje de despedida (reproducido a continuación), que solo puede calificarse como grosero y provocador.

En todo caso, creo que queda por delante una ingente tarea para construir, en primer lugar una regulación todavía más eficaz y que permita alcanzar más claramente sus objetivos, que, como he venido diciendo durante todo este tiempo, no son otros que la protección de los ciudadanos, y de los consumidores y jugadores.”

¿Acaso alguien recuerda una sola acción de la Dirección General de Ordenación del Juego dirigida a la protección real de los jugadores? Nadie, porque no existe.

Pero todo es susceptible de empeorar, y Carlitos, así lo ha demostrado, evidenciando la absoluta desprotección administrativa que padecemos los apostantes en España, curiosamente, tras la regulación del sector.
Dicha regulación no parece tener otro objetivo, más allá del mero afán recaudatorio (a pesar de lo que digan desde la DGOJ). Los hechos, tras dos años, así lo demuestran.

Y es que aquí no importa mentir o incumplir tus obligaciones, ya que, por desgracia, vivimos en un país en el que se premia al incompetente, y se entregan los altos cargos de la Administración y del Gobierno a individuos de escasa valía y dudosa moralidad.

Aunque más que en un país, para ser justo, habría que decir en una época, ya que en otros tiempos, éramos un imperio temido y respetado, mientras hoy, lamentablemente, el poderío militar de nuestros Tercios o las hazañas de Blas de Lezo, ya son solo un lejano recuerdo, y nos hemos convertido el hazmerreír del mundo.

Esperemos, al menos, haber tocado ya fondo y que esto cambie en el futuro. Deberíamos ir pensando en qué hacer para contribuir a este cambio, aunque yo ya lo tengo claro.
Ahí lo dejo, para el que sepa leer entre líneas.


Hasta el próximo artículo, y, mientras tanto, tened cuidado con las casas de apuestas.

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